- Yo tengo tanatofobia.
- Así pues, la tanatofobia es una fobia, a la muerte de uno mismo, que se distingue de la necrofobia, porque la necrofobia es la fobia a las cosas muertas, en general.
- Los humanos somos conscientes de la pérdida, y por lo tanto tememos la pérdida de nuestros compañeros, y también la de nosotros mismos.
- Sin embargo hay campos para lo que la psicología científica a veces no encuentra respuesta, y en el tema de la muerte quizá sea uno de esos campos.
- La profunda experiencia vivida en los campos, ver morir a muchos compañeros y amigos y enfrentarse a la vida y la muerte le llevó a plantearse temas como el propio sentido de la vida.
- Y aquí es donde empezamos a calmar la ansiedad ante la muerte.
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Yo tengo tanatofobia.
En su día acudí a una psicóloga de valencia especializada en cuidados paliativos con pacientes de cáncer para trabajarme la tanatofobia, y si bien no se curó, porque ese miedo intenso me visita de vez en cuando, si que he aprendido estrategias para esquivarla, por lo que espero que se entienda que este es un episodio difícil, tanto para ti como escucha, como para mi.
Las fobias son un tipo de trastorno mental de la familia de los trastornos de ansiedad, es decir, cuando la ansiedad se trastorna, se tuerce, se sale de los raíles. Otros tipos de trastornos de ansiedad son el Trastorno Obsesivo Compulsivo, El Trastorno de Estrés Post-Traumático, El Trastorno de Estrés agudo, El trastorno de Ansiedad Generalizada, el trastorno de Ansiedad inducido por sustancias, o los Trastornos de ansiedad debido a enfermedades, entre otros.
Hay algunas fobias que tienen cuadros clínicos específicos, como la fobia a la sangre y las agujas, que en vez de cursar con activación y ataques de pánico o crisis de ansiedad, cursan con desvanecimientos, por una respuesta del sistema vasovagal. O la agorafobia o la fobia social, que son, dentro de población clínica, tan abundantes, que tienen su propia etiqueta.
El resto son fobias a efectos del manual de criterios diagnósticos, pero se suele etiquetar de forma oficiosa, como la acrofobia para las alturas, la aracnofobia para las arañas, la ofidiofobia para las serpientes…
Por cierto, se acaba de descubrir que lo que conocemos como tripofobia o miedo a los agujeros pequeños como el fruto del loto, o los panales de abeja, es en realidad una respuesta de asco intenso más que miedo.
Las fobias cursan habitualmente con ataques de pánico o crisis de angustia, caracterizados por: palpitaciones, sudoración, temblores, sensación de ahogo, sensación de atragantamiento, presión en el pecho, nauseas, mareo, miedo a perder el control o a morir, entumecimiento u hormigueo, escalofríos o sofocos.
No suelen darse todos los signos, habitualmente 4 ó 5, pero si siempre o casi siempre ocurren, durante un periodo de 6 meses, y ante la presencia del objeto temido o el pensamiento que causa la respuesta, podríamos estar ante un caso de fobia, así que recomiendo consultar a un psicólogo o especialista de salud mental como un psiquiatra.
Así pues, la tanatofobia es una fobia, a la muerte de uno mismo, que se distingue de la necrofobia, porque la necrofobia es la fobia a las cosas muertas, en general.
Podemos perfectamente culpar a nuestro cerebro desarrollado de la tanatofobia, ya que el hecho de ser autoconscientes, es decir, darnos cuenta de que existimos, nos lleva casi inmediatamente a la idea de que en un momento dado no existíamos y que llegará un momento que dejaremos de existir.
La primera tumba que se conoce es de hace unos 12.000 años, de un hombre enterrado con un perro, en Israel. Lo cual hace pensar que por aquel entonces los humanos consideraban que la carne muerta de un compañero era “algo más” que carne muerta. Ya se apunta a que existía una religión primitiva que intentaba explicar o dar sentido a la existencia.
Otras especies animales cuando un individuo muere, si es cercano como un hijo o un hermano, se ha visto que se le intenta reanimar o ayudar en el caso de elefantes o delfines, por ejemplo, pero suelen superar la muerte de un compañero en poco tiempo.
Los humanos somos conscientes de la pérdida, y por lo tanto tememos la pérdida de nuestros compañeros, y también la de nosotros mismos.
Yo lo digo mucho, envidio a mi gato, porque él no sabe que está vivo, sólo vive.
Parece ser que algunas especies de simios superiores como los chimpancés tienen cierto grado de auto consciencia, pero se sigue investigando en este sentido.
Pues muy bien, ya hemos abierto la herida, acabamos de descubrir Matrix.
¿Qué hacemos ahora?
Pues si la filosofía no ha resuelto este tema en miles de años, no encontraremos la respuesta en un podcast de 20 minutos máximo.
Las diferentes religiones han estado dando vueltas al tema y han hecho acercamientos más o menos bienintencionados que buscaban fundamentalmente calmar la ansiedad que aparece cuando nos descubrimos efímeros. Porque de eso van las religiones, de explicar el más allá, lo que queda fuera de lo terrenal. Muchas religiones dictan normas de conducta, ética y valores porque son el camino para ganar la vida eterna.
De alguna manera, se han ido buscando caminos para encontrar un alivio existencial, las religiones cuentan que el tránsito terrestre es un paso transitorio, la muerte no es el final del trayecto, sino un cambio de estatus.
La psicología científica trata de averiguar el funcionamiento de la mente y comprender sus mecanismos para poder diseñar programas que optimicen los procesos o los vuelvan a un estado de normalidad, o llamémoslo “equilibrio”.
Sin embargo hay campos para lo que la psicología científica a veces no encuentra respuesta, y en el tema de la muerte quizá sea uno de esos campos.
Se sabe que la terapia cognitiva conductual con farmacoterapia es la estrategia más eficaz para acabar con la ansiedad, y que una desensibilización sistemática será el tratamiento de elección para una fobia, porque en unas 8 a 10 sesiones el 80% de los trastornos de este tipo se resuelven.
Y esta es la descripción de “cómo” actuar. La pregunta importante en este caso es “qué” idea es la buena, la sana, la que hay que inocular en el paciente o cliente.
¿Debemos aceptar con serena aceptación que un día nos apagaremos como quien apaga la bombilla del aseo al salir y que sólo somos polvo de estrellas? ¿Debemos interiorizar que esta vida es sólo una de las muchas iteraciones existenciales pero que no tenemos capacidad para recordar las otras encarnaciones? ¿Debemos creer en la existencia de un mundo futuro donde nos reencontraremos con nuestros hijos y ancestros?
Todas estas perspectivas son aproximaciones basadas en creencias, en la fe, tanto en la existencia como en la no existencia de algo, pero si no somos capaces de creer en ello y de calmar la ansiedad… ¿Qué hacemos?
Pues autores como Viktor Frankl, un psiquiatra nacido en Viena en 1905 y que sobrevivió al Holocausto Nazi y pasó 3 años en Auchwitz y otros campos de concentración, desarrolló toda una corriente de psicológica llamada logoterapia y psicoterapia existencial.
La profunda experiencia vivida en los campos, ver morir a muchos compañeros y amigos y enfrentarse a la vida y la muerte le llevó a plantearse temas como el propio sentido de la vida.
Su perspectiva está recogida en su libro autobiográfico “EL Hombre en Busca de Sentido”, considerado por la Biblioteca del Congreso en Washington uno de los diez libros de mayor influencia en América. No es un relato fácil, como puedes imaginar, pero habla en profundidad de ese sentido profundo de la existencia autoconsciente.
Para Frankl y muchos otros autores, el sentido de la vida se alcanza a través de sus experiencias, a través de la huella que dejamos en el tiempo, de nuestros actos y legados.
La psicología del desarrollo habla de la necesidad de trascender, de la llamada “generatividad”. La necesidad de sobrevivir a nosotros mismos a través de nuestros hijos, nuestra obra, nuestro recuerdo depositado en las mentes de los que nos rodean y nos sobreviven. La necesidad de expresarnos y que esa expresión sea significativa para uno mismo y para los demás.
Y aquí es donde empezamos a calmar la ansiedad ante la muerte.
Mi experiencia personal con el miedo a la muerte en mi proceso terapéutico giró en torno a la imagen que tenía de mi mismo. Si me sentía orgulloso de lo que era y de lo que hacía. Si me veía reflejado en el espejo, pero no mi reflejo, si me veía a MI y me sentía orgulloso de la persona que me devolvía la mirada.
Esto tiene que ver, efectivamente con la autoestima, con sentirnos reconocidos por nuestro entorno. Necesitamos que el juicio que hacemos sobre nosotros se vea refrendado con otras opiniones. Difícilmente vamos a creernos que somos buena gente si somos los únicos que pensamos eso. Por eso también repito hasta la saciedad que debemos rodearnos de buena gente que nos quiera y que nos sepa apreciar.
Debemos trazar un plan de vida, con proyectos ambiciosos y realistas, significativos para nosotros, que nos aporten, que nos permitan expresarnos y expandirnos. Y no estoy hablando de montar un negocio, estoy hablando de crecer.
Si sientes que es a través de un negocio, bienvenido sea, pero puede ser montar un colegio en Mali, dedicar 3 horas semanales a contar cuentos a niños enfermos, tener hijos y criarlos como desees, escribir un libro en el que plasmas el punto de vista loco pero con cierto sentido que tienes de la vida…
Y así, centrado en el presente, con la vista en el futuro, expresándote, haciendo contacto contigo mismo y tus necesidades y anhelos, rodeado de las personas a las que amas y fluyendo por ese camino que has diseñado puedes echar la vista atrás y ver que la vida tiene sentido.
Hay algo entonces que hace “clic”, y de pronto, la muerte sigue existiendo. Forma parte de la vida. Y la ansiedad que rodea a la idea de que algún día no estaremos, muerde claro, pero ya no hace tanto daño ni durante tanto tiempo.
